miércoles, 21 de abril de 2021

LA MADRE DE TODAS LAS TORMENTAS

 

Un reportaje de Julián García Camacho

 

La Madre Naturaleza se comporta a veces como una madrastra de Disney y te mata con el pretexto de un tsunami, un terremoto o un huracán.

Las tormentas son un formato meteorológico que nunca me ha hecho puñetera gracia a la hora de viajar en moto. Es sabido que un vehículo cerrado, como un coche, te protege de los rayos actuando, de facto, como una jaula de Faraday: deriva la electricidad a tierra, sin que los ocupantes sufran descarga alguna. Sin embargo, en un vehículo abierto, como es la motocicleta, que te parta un rayo o no, es más cosa del azar y del cálculo de probabilidades que de otra cosa.

Por eso las he evitado siempre que ha sido posible, demorando el viaje un tiempo, hasta que pasara el concierto de los relámpagos, o adelantando ruta para llegar a destino antes que las nubes negras.

Sin embargo, la primavera de 2018, a finales del mes de abril, habría de protagonizar la excepción que confirmaría esta regla, llegando a Valencia en medio de un aguacero y de una tormenta eléctrica de las que hacen época. Cómo acabé en esa situación que tanto empeño pongo siempre en evitar, se desvelará al final de esta crónica, sobre un viaje que serían cuatro en realidad: de Sagunto a Burgos, por la N-234 con mis amigos de las Rutas Históricas, de Burgos a Córdoba para ver a mi hija, de visita en casa de su madre, de Córdoba a Granada para ver por última vez (entonces no lo sabía, claro está) a mi primo HERMANO, José María; insigne profesor de Griego Clásico en la Universidad de Granada. Y más tarde a Cehegín, en Murcia, para comer con mi amiga Ketty y de allí partir hasta Valencia, para embarcar por la noche de vuelta a Mallorca.

    

Había quedado con mis colegas moteros, amantes de las rutas históricas, en Puerto de Sagunto. Hicimos la travesía de la N-234, evitando todo lo posible tramos de autovía, como es nuestra costumbre. 

Poco más de 500 kilómetros, que hoy día se hacen en cinco horas, para los que empleamos dos jornadas completas. 

Las paradas, los aperitivos, las fotografías conmemorativas que luego ilustran el libro de la Ruta, una vez concluida, los cigarrillos de los fumadores, los repostajes, las evacuaciones acuosas y el disfrutar de cada tramo, de cada curva y de cada pueblo, justifican sobradamente el tiempo que empleamos en cada una de estas reuniones moteras.

Una vez llegamos a las inmediaciones de la ciudad de Cid, realizamos la parada de rigor para almorzar y, después de muchas risas y camaradería motera a raudales, me despedí de mis compañeros, precisamente porque el tiempo anunciaba tormentas vespertinas por la zona donde había decidido pernoctar, antes de tomar ruta a Córdoba para ver a mi hija. No sin antes realizar una visita de cortesía, que ya comentaré, en la preciosa ciudad de Salamanca.

Como no tengo GPS en la moto, ni ganas de instalarlo, memoricé cómo alcanzar la A-62 que habría de llevarme hasta la capital salmantina, donde había reservado habitación en un motel de carretera. Pero mi memoria o mi atención a los diferentes cruces y desvíos no fue todo lo eficaz que cabía esperar y me perdí. Me pasa mucho. De pronto estaba circulando por una carretera preciosa, pero la ubicación del sol me dio a entender que no me llevaba en la dirección adecuada. Aprovechando que, en un stop, paró a mi lado una pareja muy joven, que estaban haciendo el rodaje a su montura, una Honda de media cilindrada, les pregunté cómo llegar a la Autovía de Burgos en dirección sur. Me informaron muy amablemente y tomé la dirección correcta.

Las vueltas que di y el rodeo consecuente para retomar la ruta, me retrasaron en relación al cálculo que había hecho para evitar la tormenta y unas nubes poco amistosas empezaron a crecer en vertical con cada vez más prisa por volverse negras.

Cuando llegué al área de servicio donde se encontraba el hotel, me vino justo para hacer la reserva y acceder al parking. Cuando entraba en él ya empezaban a caer esos goterones, preludio del diluvio, que un antiguo vecino mío describía como “duros del tío asentáo”, aquellas monedas, en tiempos de la peseta, que valían unos céntimos –no recuerdo cuántos- y mostraban en su cara la imagen de una figura sentada. En mi pueblo les llamaban “patacones”, tal vez por reminiscencias de indianos que trajeron las así llamadas desde Argentina.

Lo que tardé en descargar la moto y llegar a la habitación fue tiempo suficiente para que el cielo se viniera abajo, con una manta de agua que no permitía ver ni la gasolinera que estaba a menos de 100 metros. Me relajé con el móvil y la tele hasta la hora de cenar. Bajé a tomar un piscolabis. El almuerzo motero había sido, como de costumbre, excesivo y no tenía mucho apetito.

Primera tormenta esquivada en este bonito viaje de cuatro porciones.

A la mañana siguiente me levanté temprano y, tras acoplar a la Viajera III la maleta que había subido a la habitación con la ropa y los útiles de aseo, nos pusimos en camino hacia Salamanca. Poco más de dos horas de autovía, mucho más aburrida que la N-234 de los días anteriores, pero también apetecible si se hace en moto. Había quedado con Lourdes,  la secretaria de la empresa para la que estaba realizando cursos formativos en aquella época. Desayunamos juntos al lado del Parador, en el bar La Casona, que hacían churros con chocolate. Desgraciadamente, este bar, según he podido a saber, es uno de los muchos que han echado el cierre a causa de la pandemia.

Tras el protocolario desayuno –yo con churros y ella con tostadas; supongo que para mantener el tipazo que tenía- y una amena charla sobre trabajo y viajes en moto, nos despedimos, continuando mi viaje a Córdoba.

Una nueva cita en Navalmoral de la Mata; más concretamente en El Gallo, un restaurante a pocos kilómetros de la localidad, con el mismo nombre que el Puticlub anexo.


 Allí había quedado con mi amigo Javier, que se acercó desde Oropesa; no la de Mar, sino la de Toledo, población cercana a Talavera de la Reina.

Llegué antes de la hora prevista (la una del mediodía). Pasé al bar para visitar a Roca y esperé a que llegara mi amigo, a quien había conocido en Mallorca mientras estuvo residiendo allí. Lo hizo unos diez minutos después que yo; él sí puntual. Nos dimos el abrazo correspondiente y empezamos a charlar, mientras deglutíamos el menú de camionero que ofrece el establecimiento.


En poco más de media hora el almuerzo estuvo resuelto y, tras una agradable, aunque breve sobremesa, nos despedimos sin saber para cuántos años en esta ocasión.

De nuevo iba jugando con las tormentas a carreras de resistencia. Había mirado la previsión metereológica por horas para Cáceres, Mérida y Zafra, localidades que debía bordear para llegar a Córdoba. Por todas ellas se anunciaban tormentas fuertes a partir de las cinco de la tarde; como las corridas de toros.

En menos de una hora dejaba a mi derecha Cáceres para, en otra y media, alejarme a buen ritmo de Zafra, ya en dirección a Córdoba por la N-432, que me permitiría entrar en la Sultana por Cerro Muriano, donde tantos reclutas españoles hicieron el “campamento” en el CIR (Centro de Instrucción de Reclutas) nº 5.

Al girar en Zafra hacia la izquierda para tomar dirección a Córdoba, pude ver que una masa de nubes negras intentaría cortarme el camino mientras yo me dirigía hacia el Este, apresurándose ellas en llegar al Sur. Así que, teniendo en cuenta las limitaciones de la carretera, le pedí a la Viajera que aligerase, porque no me apetecía terminar un viaje tan bonito como una sopa. Y tener que subir al piso de mi amigo Rafa dejando un reguero por la escalera.

Y así fue, una nueva chicuelina a la tormenta, que se ciñó al capote entre las Sierras de Hornachuelos y la de Andújar, rozándome el top case con el pitón izquierdo. 

Dejé la moto en la zona peatonal de la urbanización de mi amigo, con el antirrobo amarrando la rueda delantera al hierro que delimita el parterre, el bloqueo de manillar y la alarma conectada. “Es un barrio muy tranquilo”, me había dicho Rafael. Aun así, duermo mal cuando dejo la moto en la calle y las dos primeras noches no fueron la excepción, incluyendo un par de visitas de madrugada a la terraza para echarle un vistazo. Ni dios en la calle a esas horas.

Mientras me daba una ducha y me cambiaba de ropa descargó la lluvia, si bien a la capital no llegó el grueso de las precipitaciones, que debieron quedarse en los montes cercanos. Cuando acabó, bajé a disfrutar del fresquito que la tarde había dejado y de varios platos de caracoles en un kiosko-bar cercano, a razón de un tercio de cerveza con cada plato. No sería hasta el día siguiente que vería a mi hija. Compramos un casco para ella y realizamos varias excursiones preciosas:

Una a La Luisiana, para visitar la Churrería La Parada, propiedad de María Luisa, hermana de mi amigo Toño y tan graciosa e inteligente como él.









Otro día visitamos el castillo de Almodovar del Río, donde se rodaron algunas escenas de la mítica serie Juego de Tronos.


 
  
Y el pantano de la Breña, donde comimos en la terraza del Chiringuito El Mirador de la Breña, con unas vistas espectaculares. 


    El resto del tiempo lo dedicamos a pasear por Córdoba y darnos algún capricho gastronómico, como el rabo de toro estofado que nunca perdono cuando visito esta ciudad. 

Tras estos días felices con mi hija, tocaba dejar Córdoba y poner rumbo a Granada, donde pasaría otros pocos con José María, de quien no sabría decir si éramos más amigos que familia o viceversa. El caso es que siempre que nos escribíamos, desde jovencillos, porque solo coincidíamos en vacaciones en el pueblo original de una Mancha tórrida y polvorienta, el encabezamiento de la carta era, invariablemente, “Querido primo HERMANO”, para dar fe del cariño que nos tuvimos durante toda la vida.       

Mi primo llevaba años luchando con el alcoholismo, una enfermedad terrible que, como tantas otras, te roba el alma e impide que seas tú mismo, convirtiéndote en una especie de caricatura trágica. Desde hacía uno, tras recibir una llamada suya diciéndome que se moría, habíamos estado hablando todos y cada uno de los días, durante una hora o más en cada ocasión. Entre eso y alguna otra cosa que pude hacer por él y que no viene a cuento, seguía vivo y, lo más importante, con ganas de vivir, disfrutando de la vida. La ocasión era magnífica para retomar nuestras conversaciones, pero esta vez cara a cara, en directo, mirándonos a los ojos y transmitiendo todo lo que el lenguaje no-verbal es capaz de transmitir.

Paseamos, charlamos y bebimos… porque no podía dejar de hacerlo; si bien en cantidades mínimas: uno o dos vinos, una o dos cervezas al día, para evitar los temblores y la ansiedad.

Visitamos los lugares que tantas y tantas veces habíamos visitado juntos a lo largo de nuestra vida; nos sentamos en la plaza de María de Pineda, nos asomamos al Hotel Palacio de Santa Paula, a donde en más de una ocasión había llevado a sus enamoradas o había ido el solo por el puro capricho de darse ese lujo.

Granada hacía años que había quedado impregnada en mi corazón. Buena parte de la argamasa que la unió a mí para siempre, se amasó en la relación con mi querido Josemari.

Nos despedimos hasta el año siguiente, cuando pudiera volver por la península para hacer alguna otra ruta motera con mis amigos, pero no pudo ser. 

Queda el recuerdo permanente y algunos versos, fruto de la ausencia.

Al salir de Granada, en dirección a Guadix, por la A-92, hacía frío. Brillaba el sol y el cielo se vestía de un azul intenso, pero era muy temprano; poco más de las ocho. Quería llegar a Cehegín antes de mediodía, para visitar a mi amiga Ketty, una francesa que había conocido veinte años atrás, cuando asistió a una conferencia que dicté en el Auditorio de Murcia. Me preguntó algo, le contesté, le agradó la respuesta y me esperó a la salida para seguir charlando conmigo. Y así hasta ahora. Solo nos hemos visto en aquella ocasión y en otras tres más, incluyendo esta que menciono ahora, pero hemos mantenido la amistad.

Llegué, como tenía previsto, antes de las doce, tras una parada a eso de las diez para desayunar, repostar y descargar la vejiga; lo habitual.

Ketty y su marido me estaban esperando para bajar unos metros, por la calle Mayor, donde viven, hasta un pequeño bar donde querían invitarme a unos aperitivos, antes de comer en su casa.

 


Charlamos, comimos, disfrutamos la sobremesa y, a eso de las tres de la tarde, manifesté mi intención de seguir viaje en dirección Valencia, donde habría de coger el Ferry hasta Mallorca. Son poco más de tres horas de camino, pero la carretera estaba en obras porque construían nuevos tramos de autovía. Hasta enlazar con la autovía, la recordaba estrecha y con mucho tráfico de camiones. 


Así que no era cosa de entretenerse demasiado. Había previsto estar en Valencia a las 7 de la tarde, aún con luz del día, y poder tomar algo antes de embarcar, unas dos horas más tarde, fuera del puerto, en una zona a la que suelo acercarme, dando un paseo, cuando tengo oportunidad. Concretamente en este bar, donde me habían atendido bastante bien en otras ocasiones.

  Abandonaba Cehegín a las cuatro de la tarde y comenzaba mi última fase de aquella semana motera con rumbo a la ciudad del Turia. Curiosamente, aquella tarde no me había preocupado de la meteorología porque, supuestamente no habría tormentas, pero antes de llegar a Yecla, todavía por la N-344 empezó a llover y el cielo se volvía negro por momentos, así que paré en una pequeña gasolinera, en mitad de la nada, para abrir el top-case y ponerme el traje de agua. Es un mono de pvc que tiene más de treinta años y todavía da servicio. Lo único que le ha fallado ha sido uno de los cierres de la pernera izquierda, a la altura de la bota, lo cual no le impide para seguir siendo perfectamente estanco y diabólicamente complicado de poner sobre el pantalón y la chaqueta de goretex que no aguanta aguaceros fuertes. Me enfundé en mi viejo compañero de mil aventuras y continué camino.

 

E

Debían quedar poco más de cuarenta kilómetros, cuando paraba de nuevo en otra gasolinera, ya en la autovía, porque el horizonte en dirección a Valencia se había vuelto más negro que el futuro de la rubia en una película de miedo. Y lo peor no era eso, sino la cantidad de rayos que se dibujaban sobre tan sombrío tapiz.

Cuando me detuve, serían poco más de las seis y media de la tarde y ya parecía noche cerrada. Pasé al bar y me tomé un café, con la vana esperanza de que la nube terminara de cruzar mi línea de acercamiento a Valencia. Fue en vano. Aproximadamente a las 20:30, la tormenta, lejos de amainar, parecía arreciar y ya no podía esperar más o corría un riesgo más que evidente de perder el barco. Así que volví a abrocharme el mono de lluvia hasta la nuez, me puse los cubre botas y los cubre guantes que, en realidad eran (y son; aún siguen en el top-case) unos de fregar platos, lo suficientemente grandes como para poder meter dentro la mano con los de cuero ya incorporados. Será todo lo cutre que queráis, pero van de lujo. El propietario de este blog los bautizó, hace ya muchos años, en un también glorioso viaje a Denia con complejo de submarinos, como guantes de “fregatex”.

Y de esta guisa me dirigí a la madre de todas las tormentas. Ya he dejado claro que procuro evitarlas, por lo que ésta, necesariamente, era la única y más grandiosa que jamás había atravesado de lleno.

Conforme me acercaba a Valencia, llovía cada vez más fuerte y caían más rayos. La tentación de ir despacio la superé en cuanto me di cuenta de que podía ser más peligroso que mantener un buen ritmo, si me quedaba encajonado entre los coches. Así pues, iba adelantando a todo bicho viviente que circulaba por una autovía completamente anegada de agua. La Viajera parecía una lancha, más que una moto y a pesar de que el cerebro me advertía de lo peligroso que es circular en estas circunstancias con un tráfico denso por todas partes, el corazón me transmitía una gran seguridad, por lo que, aunque parezca mentira, seguía disfrutando encima de mi moto.

Cuando llegaba a la circunvalación que me habría de llevar hasta el puerto marítimo, amainó el aguacero y, cuando aparqué en la terminal de Balearia, apenas caían cuatro gotas. Faltaba solo un cuarto de hora para dar comienzo el embarque, que se realizó sin más dilación.

Una vez asegurada la moto en la bodega del Ferry, subí a la cubierta del bar y decidí regalarme una buena cena de camionero, como recompensa al esfuerzo y como celebración por haber llegado sano y salvo.

Nunca contrato camarote cuando realizo estas travesías, por lo que, tras la cena, me acomodé en una de las butacas y me quedé dormido, viendo alguna de las películas que suele poner la naviera.

No se duerme bien de esta manera, pero en tres o cuatro cabezadas largas, te encuentras entrando en el puerto de Palma y comienzas a recomponerte para bajar a por la burra en cuanto te lo permiten.


Hay poco tráfico a las seis de la mañana en Palma. Sales entre manadas de camiones y en poco más de media hora, estás en casa. Descargas el equipaje y te dejas en la mochila el recuerdo de todos los buenos momentos vividos en poco más de ocho días, con el anhelo de repetir lo antes posible.

 

 

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