lunes, 19 de abril de 2021

1ª RIDER 400 MADRID. Así lo hicimos

 

 

 


 

 

 1ª RIDER 400 MADRID

Así lo hicimos

Un reportaje de Route 1963

 

       

 

      En tiempos de crisis sanitaria y severas restricciones geográficas a la movilidad, si quieres seguir andando en moto, te tienes que reiventar. ¿Una ruta de 400 kms. a través de la Comunidad de Madrid en una sola jornada? ¡Menuda tontería, habiendo otras rutas mucho mas interesantes!  Las hay, pero mientras no se levanten los cierres perimetrales autonómicos y se recupere la libre circulación a través de todo el territorio nacional, restringida todavía a causa de la pandemia de Covid-19, las únicas rutas que puedes hacer se limitan a las que transcurran exclusivamente por el interior de tu comunidad autónoma. Y, mala suerte, la de Madrid es relativamente pequeña (unos 8.000 kms. cuadrados), y no precisamente una de las más interesantes paisajística ni geográficamente hablando. Y peor aún, cuando llevas residiendo en esta comunidad toda la vida, has recorrido tantas veces casi todas sus carreteras y visitado casi todos sus pueblos, que ya resulta carente de emoción y hasta tedioso volver a hacerlo una vez más. Por último, vayas adonde vayas dentro de su territorio, vas a encontrar decenas de miles de coches y de domingueros -aunque sea martes- por todas partes. 

      Pero es esto, o es nada, así que, si no puede haber novedad y calidad en una ruta, por lo menos que haya cantidad de kilómetros, y digamos que 400 en plan de modesto reto están bien, no son muchos ni pocos, solo los suficientes como para pasar un día entretenido encima de la moto y que te de un poco el aire sin cansarte demasiado. Una vez tomada la decisión de afrontar este intrascendente desafío, es el momento de trazarlo en el mapa, fijar una fecha, diseñar un logotipo ilustrativo para darle más empaque al asunto, estamparlo en una camiseta conmemorativa, cargar las cámaras de video y las baterías de reserva, y echarse a la carretera a disfrutar, en la medida de lo posible, ya sea solo o acompañado.

 


 

    


      De unos años a esta parte se han vuelto muy populares en España unos eventos moteros de resistencia, no competitivos, que consisten en recorrer hasta 1.000 kms. de curvas por carreteras secundarias en una sola jornada (a veces más de 24 horas encima de la moto), y que constituyen auténticos desafíos físicos a los que se apuntan miles de participantes en cada edición. Por citar solo alguno de ellos, con su correspondiente enlace, mencionaré Penitentes, RodiBook y Rider 1000/Rider 500, siendo estas dos últimas en las que se inspira el nombre de la ruta por mí diseñada, aunque aquí empiecen y terminen todas sus coincidencias y  similitudes. Además, no vamos a descubrir a estas alturas que todo o casi todo está inventado, de modo que poco después de realizar mi ruta privada y particular, la RIDER 400 MADRID en su 1ª edición, tuve noticias de que un motoclub madrileño ya había organizado y realizado con carácter público una ruta similar por la Comunidad de Madrid unas semanas antes, aunque con un recorrido total de 600 kms. y la posibilidad y recomendación de los organizadores de llevarla a cabo en dos jornadas, para mayor disfrute y menor desgaste físico de los participantes. 

 


    

      Pero dejémonos de preámbulos y entremos en materia. Trataré de ser breve (otra cosa será que lo consiga), porque el contenido principal de esta entrada del blog es el video recopilatorio de la ruta, THE MOVIE, que resume en apenas ocho minutos las muchas horas de grabación que realicé durante la jornada, y esto hace del todo innecesario extenderse  en el texto. En todo caso referiré que salgo en solitario de Madrid capital a las 12 horas y que me hago trampas ya desde el principio -fue la única de toda la ruta-, pues obvio el recorrido entre Fuente el Saz del Jarama y Torrelaguna por carreteras secundarias y la N-320, para ganar tiempo directamente por la autovía A-1. Un pecado venial, considerando que ese trayecto de unos 50 kms. no tiene excesivo interés y está salpicado de rotondas. Antes de abandonar la autovía y tomar el desvío hacia Torrelaguna, me detuve en un área de servicio a preparar tarjetas de memoria, baterías, mandos a distancia y cámaras de video para las grabaciones. Para no demorarme más, decido no repostar aquí, pues con medio depósito de combustible tengo autonomía suficiente para recorrer casi 200 kms. a un ritmo relajado, que es el requerido por el itinerario, las carreteras de la ruta y, sobre todo y más importante, por mi estado de ánimo.



      

      Y así, tranquilamente, voy saboreando kilómetros, primero por el valle del Lozoya y sus agrestes paisajes de montaña salpicados de presas y embalses -la denominada sierra pobre de Madrid-, un entorno geográfico muy atractivo tanto para moteros, que coincido con unos cuantos en la carretera y muchos más sentados en las terrazas de los bares de los pueblos, como para ciclistas, no siempre circulando con la prudencia que sería necesaria, como para domingueros, y estos los encuentro por miles, a pesar de tratarse de un martes laborable, como queda dicho. En este trayecto cubro el primer centenar de kilómetros de la ruta, y después de un rápido enlace por la autovía A-1 desde Lozoyuela, me planto en Canencia, en donde hago una breve parada para fumar y fotografiar la moto junto a un viejo carro ornamental situado a la salida del pueblo. Y a continuación, el ascenso al puerto de Canencia, única dificultad montañosa de la jornada -como se diría en el argot ciclista-, y en verdad más difícil y peligroso de lo que recordaba, por lo menos veinticinco años después de haberlo recorrido en moto por última vez, aunque en sentido inverso desde Miraflores. El puerto es el mismo de entonces, indudablemente, lo que sucede es que yo he debido de perder con la edad muchas facultades. Los domingueros proliferan por aquí como las setas en temporada, y hay centenares de coches aparcados por todas partes, invadiendo cunetas, pinares, praderas y senderos. No soy un furibundo ecologista, pero tal invasión me parece muy desagradable y rompe todo el encanto natural de estos parajes de montaña.

 


      Miraflores de la Sierra ya se percibe como un pueblo próspero y elegante en la que cabe considerar como sierra rica de Madrid, por contraste con la sierra pobre antes mencionada. A partir de aquí el relieve se suaviza, escasean las curvas y se imponen las largas rectas que llevan hasta Soto del Real y Manzanares el Real, en donde el tránsito de vehículos se vuelve particularmente intenso. No cabe duda de que esta es la sierra preferida por los madrileños. Después van cayendo los aburridos kilómetros hasta Cerceda, Becerril de la Sierra, Collado Mediano y Guadarrama, en donde hago una nueva parada para repostar combustible y tomar un refresco y un bocadillo de tortilla de patata que traía de casa, no por economía, sino porque estaba más apetitoso que cualquier otro que hubiera podido comprar, y para no perder tiempo. Veo en el teléfono móvil una llamada perdida de Miguel y un mensaje de texto en donde me pregunta por mi ubicación. Le devuelvo la llamada y quedamos cuarenta minutos más tarde en una gasolinera a la salida de Valdemorillo, km. 200, mitad exacta de la ruta. Me acompañará en la otra media, si estoy dispuesto a finalizarla, porque en ese momento ya me invade la pereza y el hastío, y soy capaz de abandonar sin completarla. En todo caso, nada ni nadie me obliga. 

      Procedo a un cambio de las cámaras de video, sustituyendo la que llevaba en el casco, ya con las dos baterías agotadas, por la que coloco en el manillar de la moto, que graba a través de parte de la cúpula, lo que ofrece una perspectiva diferente de la carretera. Sé que no saldran unos videos excelentes, y ello por muchos motivos de los que hablaré detenidamente en otra ocasión, pero tampoco me dedico a esto con el debido rigor técnico ni el empeño que serían necesarios. Venciendo la pereza y el ligero cansancio que me invaden -siempre te encuentras más cansado bajado de la moto que cuando te vuelves a subir-, me sobrepongo y reanudo la marcha. El día continúa como comenzó, con el cielo gris y plomizo, pero con una temperatura muy agradable que ronda los 18 grados y sin la menor amenaza de lluvia. De haber salido el sol, seguramente habría apretado fuerte, haciendo la ruta más incómoda. Trayecto rutinario por las largas rectas atestadas de coches hasta San Lorenzo del Escorial y El Escorial (también conocidos popularmente como El Escorial de arriba, y El Escorial de abajo, respectivamente). En la gasolinera convenida de Valdemorillo ya me espera Miguel. Saludos efusivos, unos minutos de conversación y a proseguir con la mitad restante de la ruta. Parece que con este nuevo aliciente de rodar en compañía sí estoy decidido a terminarla, aun considerando que esta segunda parte no se presenta tan atractiva como la primera.  

 

      Brunete, Navalcarnero, Griñón, El Álamo, Batres, Torrejón de la Calzada, Torrejón de Velasco, Ciempozuelos. Atravesamos el denominado Gran Sur de Madrid, árido territorio industrial carente de cualquier interés. Más tarde cruzamos el nuevo puente de hierro de Titulcia sobre el río Jarama, ya en la comarca de Las Vegas, en lo que yo he venido a denominar como la Ruta del Madrid Manchego, por las grandes similitudes orográficas, agrícolas y culturales de este territorio con las de las de su vecino castellano y fronterizo del sur, La Mancha auténtica. A la entrada de Chinchón hacemos una breve pausa para el cambio de batería de la cámara y seguimos hasta Belmonte, Villamanrique y Fuentidueña (los tres del Tajo), rodando por estrechas y solitarias carreteras terciarias, con pésimo firme definitivamente abandonado a su suerte. Otra zona pobre de la Comunidad de Madrid, aunque no sea reconocida como tal ni popular ni administrativamente, y con el agravante de que aquí no hay sierras, valles ni bosques, sino solo una interminable llanura de secano que se confunde con el horizonte. Y, sin embargo, todavía es posible encontrarle a este paisaje desolado alguna magia, algún embrujo, alguna emoción. El totalizador parcial de mi moto indica los 300 kilómetros sobrados y hay que rematar la ruta, ahora ya sin excusas.



      Dejamos atrás Fuentidueña de Tajo y las ruinas pétreas de su viejo castillo, cruzamos la autovía A-3, y tomamos otra estrecha y destartalada carretera local -pero muy revirada y entretenida-, que nos llevará hasta Valdaracete, y posteriormente por vías más anchas y acondicionadas, aunque igualmente sinuosas y propias para divertirse con la moto, llegaremos hasta Carabaña, Orusco de Tajuña y Villar del Olmo, pueblo este último de cierto pintoresquismo, que quizá merecería una visita más demorada. Viramos luego al oeste, hacia Camporreal, Arganda y Madrid, mero trámite final de la ruta sin ningún atractivo destacable. Una última parada en una gasolinera a escasos kilómetros de la autovía A-3, en donde Miguel me invita a un café y a una napolitana -muchas gracias, compañero- y nos despedimos hasta la siguiente oportunidad, que esperamos sea muy próxima. 



      

      Cuando dejo la moto en el garaje a las 20'54 horas, el parcial marca 401.0 kms. Bueno, después de todo la ruta no ha estado mal, más entretenida de lo que pensaba, dadas las circunstancias. Ha sido una larga jornada muy original, he conocido sitios nuevos, he disfrutado, he superado este sencillo reto que me había propuesto, y eso es lo único importante. ¿Merecería la pena una 2ª edición, más adelante, modificando algunas partes del recorrido? Sin duda, creo que sí, incluso planteando una nueva ruta madrileña de 500 ó 600 kilómetros. Pero, a ser posible, prefiero volver a rodar y hacer miles de kilómetros por otras carreteras de España en cuanto se levanten los cierres perimetrales autonómicos que nos ha traido esta maldita pandemia.
 

 





 


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