jueves, 18 de febrero de 2021

45 AÑOS EN MOTO

 




45 AÑOS EN MOTO

Un reportaje de Julián García Camacho  

 

     Debía tener 9 ó 10 cuando, recorriendo los pirineos en el Seat 850 de mi padre, nos adelantó un grupo de motos, casi todas BMW de la época (1970), en lo que yo interpreté como una suerte de ballet cadencioso y extremadamente elegante.

       Veía aquella culebra de alma y metal serpenteando por las continuas curvas de una carretera estrecha, bordeada de vegetación, y a varias alturas, que permitía observar diferentes tramos desde cada posición que ocupabas. Y sentí una emoción que medio siglo más tarde aún perdura. Pegado a la ventanilla fija del Seat dos puertas, veía alejarse aquel grupo de motoristas, enfundados casi todos en cuero negro, repitiendo una y otra vez la danza de las curvas infinitas: a izquierda y derecha, a derecha e izquierda, una y otra vez... Y algo de aquella música visual debió de quedarse en mi alma de niño, porque desde que salió a producción y durante toda mi adolescencia, llevé en la cartera un cromo de la BMW R 90 S, con su pequeña cúpula deportiva, su pintura degradada y sus llantas de radios.

 

     Mirando aquella foto imaginaba grandes viajes por toda Europa, seguramente en buena compañía femenina, porque las hormonas corrían por mis venas como el aceite 2T por la admisión de las Bultaco y las Montesas hispanas de la época.

     Acababa de cumplir los quince cuando mi padre, conocedor de mi pasión por las motos, me dio una de las mayores alegrías de mi vida. Había encontrado una Ducati TT de 49 c.c. con la horquilla doblada, que vendían a muy buen precio, y decidió adquirirla, en contra del criterio de mi madre, que siempre temió el accidente que, afortunadamente, nunca ha ocurrido (dedos cruzados).

 


      Antes de la compra, se aseguró de que la horquilla doblada (única parte dañada por el golpe que el anterior propietario había sufrido), quedaría bien, sin riesgo de rotura, y me la regaló. En el pueblo solo había Mobylettes camperas, con alforjas de esparto para llevar cántaros o aperos de labranza, sin marchas, y Derbis Antorcha con tres, si te dedicabas a la construcción. 


 


      La mía tenía un cambio de cuatro relaciones y un diseño que nadie había visto jamás en aquella zona. Aquello debía ser motivo suficiente para ligar pero, sobre todo, me daría mis primera satisfacciones moteras recorriendo todos los caminos que había alrededor del pueblo. El motorcito de la Ducati me parecía capaz de llegar a todas partes. Sin embargo, como no tenía aún la edad legal para conducir ciclomotores (16 años), la orden paterna fue tajante: mientras no tengas permiso, no pises la carretera. Así que salía de casa de mi abuela por la calle del Capitán hacias las eras y desde allí enlazaba camino tras camino, hasta que se acababa la gasolina o me dolía el culo. Desde los 16 hasta los 18 fue mi compañera de aventuras, visitando los pueblos de alrededor e infinidad de parajes campestres.

      Pero a los 18 se me hizo pequeña de repente y empecé a necesitar una moto gorda. Llegó en forma de Montesa Comando, prácticamente igual que la legendaria Impala, pero con muchos problemas de carburación, al menos la unidad que pude conseguir, porque le había cambiado el carburador original por uno mayor, también de la marca Amal, pero que supuestamente le permitía desarrollar más potencia. Para mí tenía la suficiente. Aquello aceleraba como un rayo y me permitía llevar a mi chica de paquete con cierta comodidad. La incomodidad venía cuando algún amigo de su padre le decía que nos había visto en tal o cual pueblo a LOS DOS SOLOS (pecado imperdonable en aquellos tiempos).



       Digamos que la Montesa fue una moto de provincias, porque me permitió recorrer la de Ciudad Real y alguna de las limítrofes, aunque nunca llegué a realizar un viaje realmente importante con ella. Sí lo hice con mi siguiente montura, que también fue regalo de mi padre, a los 22 años, quizá por haber finalizado mis estudios universitarios con buenas notas: una Vespa 200 que mi progenitor esperaba fuese suficiente para mí, porque era cómoda, fiable, y TENÍA RUEDA DE REPUESTO, lo cual era muy valorado por él, que había tenido dos Vespas, una de ellas la legendaria 150 Sprint, en la que viajábamos mi padre, mi madre... y yo de pie entre las piernas de mi padre, agarrado al manillar. Tal cual. Eran otros tiempos, lógicamente, y se permitían esas cosas.

 

    




      Con la Vespa 200 cargada hasta los topes (tienda de campaña y sacos entre las piernas, bolso con la ropa y esterillas en el portaequipajes trasero, los zapatos y cosas más pesadas en el delantero, para equilibrar peso y que no se pusiera de manos al arrancar), sí hicimos viajes chulos. Los dos que mejor recuerdo, y tal vez los más largos, fueron un tour desde Ciudad Real por Segovia, Avila, Salamanca, Guadalupe, Cáceres, Mérida, Almendralejo y Córdoba. Y una bajada a la costa de Granada, concretamente a Salobreña y Castell de Ferro. Me sentía yo muy motero saludando a otros moteros de carretera que se cruzaban en cualquiera de mis sueños de entonces.

    



      Y en 1986 llegó mi primera BMW, una R 65 que diseñaron imitando aquellas legendarias clásicas que despertaron mi afición en aquel viaje de la infancia por los Pirineos. Sería bautizada como Viajera, por razones obvias, pero también porque así se llamaba popularmente a los autobuses de línea en Ciudad Real cuando yo era niño. Con el paso de los años (12 en total), fue rebautizada como Abuela Viajera, ya que alcanzó casi los 100.000 kilómetros, antes de ser reemplazada por la K 75 del amigo Carlos, a quien retiró del mundillo su señora, dejándome una joyita mimada con tan solo 32.000 kms. en el marcador. Con estas dos BMW he recorrido casi toda España, un buen trozo de Portugal y una pequeña incursión en Francia, amén de Mallorca e Ibiza, que son otro mundo.





      La primera Viajera nos había llevado a Estoril durante un precioso viaje en el que recorrimos Lisboa, Oporto y Coimbra, con casi todo lo que queda entre medias, regresando por La Bañeza, previo paso por Zamora, donde apenas estuvimos una hora, porque al día siguiente de visitar la Boca do Inferno, al lado de Cascais, tras una bonita caminata y algo más que debió ocurrir en el hotel, la que empezó en aquel preciso instante a ser la madre de mi hija Helena, se levantó con muchas ganas de tomar zumo de naranja y sardinas asadas... Cuando llegamos a casa de nuestros amigos en La Bañeza, mi hermana Susi respondió al ser preguntada si tenía sardinas: ¡Marian, tú estás preña! Y lo estaba. Así que el regreso a casa sería todo por autovía y con cuidado por si los vómitos.

      Cuando pensaba jubilarme con la venerable K 75, aislado ya en Mallorca, donde si haces más de 60 kilómetros en línea recta te caes al agua, llego un día al bar del Gordo Cabrón, un argentino chulo que maltrata a los clientes y aún así tiene siempre lleno su local, y me encuentro con Xisco, un harlysta que si pasa tres meses seguidos sin añadirle alguna cosa a su vetusto hierro americano empieza a indisponerse y tener mal cuerpo. Me pregunta si tendría inconveniente en pasar un anuncio de moto en venta a mis contactos moteros. La máquina es de un amigo suyo. Me pasa la foto y compruebo que se trata de la R 1200 RT, la moto que había deseado desde su creación, y que jamás pensé que podría tener, porque su precio resultaba estratosférico para mi economía. Y así se lo comento al amigo del vendedor.

      -La vende barata -me dice Xisco.

      -¿Cómo de barata?-pregunto.

      -Siete mil euros.  

      -¡Joder, siete mil euros! Eso es lo que me queda aún de la indemnización por despido. ¡Podría comprarla! ¿De qué año es?

      -De 2006, pero solo tiene seis mil kilómetros. La ha tenido seis años parada en un garaje.

     Los oídos empiezan a hacerme chiribitas y los ojos también, mientras miro y remiro la foto en el mensaje de whatsapp que me ha enviado Xisco.

      -Algo le pasará, ¿no?

      -Qué va, tiene prisa por venderla y comprarse un escúter de 400, y le cuesta eso.

      -Pues creo que no voy a pasarle la foto a mis contactos. 

 

    
      Y así fue, con el beneplácito entusiasmado de mi pareja, que decido hablar con el propietario. Me cuenta la historia, a falta de algún detalle, que básicamente se resume en lo siguiente: compró la moto en 2006, viviendo en Barcelona y le hizo casi todos los kilómetros allí. Tuvo una caída a baja velocidad que debió asustarlo y no volvió a usarla desde el 2008. Los desperfectos son ligeros arañazos en la parte alta del carenado izquierdo, en la tapa de balancines y la maleta trasera con la tapa levemente quebrada. La reparación de la maleta y pintura fueron 70 euros y con las defensas de cilindros de fibra, no se ven los arañazos.  

       La llevó a BMW para una revisión general, en la que cambian todos los aceites y comprueban su buen funcionamiento. Tiene pendiente el cambio gratuito a cargo de la casa de la bomba de la gasolina, que ha dado problemas en algunas unidades, y pasar la ITV, a donde la llevo yo, porque él prefiere no cogerla por si se cae. El largo tiempo en dique seco me obligó también a cambiarle las bobinas que terminaron fallando precisamente por falta de uso. Res més.

      Y así me veo con una moto ideal para mí, con la que ya he hecho casi 60.000 kilómetros a pesar de vivir en una isla y gracias a escapadas fantásticas a la Península, aprovechando viajes de trabajo o recorriendo rutas históricas con un puñado de buenos amigos. 

          


       Hasta aquí el recorrido sucinto por mi vida motera. En próximas entregas, si el administrador y creador del blog, que tan amablemente me ha invitado a participar en el mismo, lo tiene a bien, narraré alguno de mis últimos viajes, rodeado de nieve y a temperaturas bajo cero en plena llanura manchega, junto con otras vivencias tenidas durante todos estos años en compañía de máquinas a las que nuestra pasión por rodar con ellas, dota de un alma inmaterial que las fábricas, lógicamente, no pueden instalarles, ni de serie, ni como accesorio.


      Sa Pobla, 16 de febrero de 2021

 








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