viernes, 12 de marzo de 2021

EL 63 DE LA N-III. Hito kilométrico original de la Instrucción de Carreteras de 1939

 

 
 
 

UN REPORTAJE DE ROUTE 1963
 
      Mi vinculación con los hitos kilométricos de la Instrucción de Carreteras de 1939, también conocida como Plan Peña, viene de lejos. Estos elementos de cemento, granito u hormigón formaron parte del paisaje habitual de nuestras carreteras durante varias décadas. Cada vez menos, pero todavía sobreviven bastantes, y desde hace mucho tiempo no solo me he dedicado a investigarlos, recopilarlos, catalogarlos, fotografiarlos y escribir sobre ellos, sino que también he modelado en arcilla y a escala 1:10 un total de 144 piezas representativas de otros tantos hitos del Plan Peña, réplicas en miniatura artesanales únicas, exclusivas e irrepetibles, en su mayor parte donadas a terceros, hasta el punto de que en propiedad he conservado apenas una decena de ejemplares. Pero de esto hace ya tiempo, y es otra historia (ver catálogo). Con respecto a la ilustración que sigue a estas líneas, comentar que se trata de un montaje gráfico a partir de una de las piezas auténticas que realicé, porque realmente el hito 63 de la N-III, al que está dedicada esta nueva entrada del blog, nunca llegué a fabricarlo.
 
 
 
     
      
      El caso es que ahora, en estos tiempos difíciles que vivimos como consecuencia de la pandemia mundial de Covid-19, nos encontramos en España muy limitados de movimientos, hasta el punto de que en el momento de escribir este reportaje está restringida la movilidad entre las diferentes comunidades autónomas, provincias y territorios del país, y en mi caso concreto no está permitido abandonar la Comunidad de Madrid, en donde trabajo y resido. Sin embargo, la necesidad y el deseo de salir con la moto a rodar y hacer viajes largos es absolutamente imperiosa, siendo imposible lo segundo por lo expuesto anteriormente, de modo que no queda más remedio que rodar lo poco y corto que puede rodarse a través de esta comunidad autónoma uniprovincial de pequeña extensión. Recorridos breves que llevan a lugares, por otra parte, ya demasiado trillados y conocidos desde hace tiempo, pero que por fuerza hay que volver a visitar e interpretar desde otra perspectiva si uno no está dispuesto a quedarse en casa. Y yo, desde luego, no lo estoy.
 
 

      
      En esta ocasión, aprovechando el tiempo soleado y casi primaveral, me he dado por enésima vez una vuelta de apenas 150 kms. por el sureste de la Comunidad de Madrid, comarca de Las Vegas (nada que ver con la ciudad norteamericana del juego, que conste), para finalizar en Fuentidueña de Tajo, que conserva interesantes vestigios del primitivo trazado de la carretera de Madrid a Valencia, originalmente de Madrid a Castellón por Valencia, y posteriormente N-III. Uno de estos vestigios es el hito del Plan Peña correspondiente al kilómetro 63, que sobrevive en el interior de un recinto vallado junto a un tramo original semiabandonado de la antigua carretera, hoy utilizado como simple ramal de acceso a la autovía A-3 desde esta localidad. Por supuesto, el hito ya lo conocía, pero por unas razones u otras nunca había tenido la oportunidad de fotografiarlo, y en esta ocasión, después de muchos años, por fin lo he conseguido. 
 









      Previamente me había entretenido un momento, y por enésima vez, en otra visita obligada a un vestigio cercano -y también muy conocido-, que formó parte del primer trazado de la carretera radial de primer orden de Madrid a Castellón por Valencia: el puente de hierro decimonónico sobre el río Tajo, a las afueras de Fuentidueña. Fue restaurado hace unos años y tiene una interesante historia que puede leerse aquí.







      Y por último, parada también obligada en el hotel restaurante La Atalaya, otro clásico de Fuentidueña y de la antigua N-III, establecimiento todavía muy frecuentado por camioneros y viajantes de toda condición que deciden hacer un alto en el camino en este punto. Doy fe de que en tiempos muy recientes se podían degustar excelentes asados al horno de leña en este restaurante, y es posible y probable que siga siendo así, pero en esta ocasión no me entretuve en comprobarlo, porque iba solo y apenas me demoré un momento tomando una caña de cerveza bien tirada en la soleada terraza del local, antes de regresar a Madrid por la autovía para llegar a casa a comer. Una breve jornada de ruta sin pena ni gloria, pero a la espera de que vengan tiempos mejores, el que no se consuela con estas pequeñas cosas, es porque no quiere. Yo no quiero, pero así, mal que bien, para mí la vida va teniendo un discreto pasar.
 



 
 
 

jueves, 4 de marzo de 2021

SEMANA FATÍDICA. Policías en apuros

 


SEMANA FATÍDICA

Policías en apuros


Por Miguel Mendoza


       Corría el año 2012, y por aquel entonces, tras cuatro años en la Policía Municipal de Madrid, seguía siendo el puto nuevo en aquella destartalada Unidad del Distrito de Hortaleza, un edificio prefabricado del que hoy en día solo quedan recuerdos. Este puto nuevo tenía que recorrer las calles de este distrito en moto, indicativo C-1612 que llevaré grabado para siempre, y con el cual la emisora directora sabía que prestábamos servicio con este tipo de vehículos. 

       En aquel entonces teníamos unas Piaggio X9 del año 2000, motocicletas ya viejas por esas fechas y que dejaban mucho que desear, puesto que con ellas en persecuciones no teníamos nada que hacer, ya que ofrecían muy pocas prestaciones. Recuerdo un día cómo vimos al Moscar, mote con el que se conocía a un cholo (delincuente) de la zona, con una cicatriz en la cara que le iba desde la oreja hasta casi la comisura de la boca. Pues bien, ese día le vimos ir a una rueda con lo que me pareció una Honda CBR 600 RR por Carretera Estación de Hortaleza, y digo me pareció porque, tan pronto nos vio y le dimos el alto, aceleró y se fue en dirección a la M-11, perdiéndolo de vista. Pusimos los destellos y sirenas, pero los quitamos enseguida al comprobar que era imposible salir en su persecución.



      A todo esto, os quería contar la semana fatídica, o mejor cinco días fatídicos en los que caí en tres de ellos con la moto de servicio. Como venía diciendo, las motos Piaggio nos dejaban en mal lugar, así que teníamos en la Unidad dos Yamaha XT 600 del año 1998, todavía más viejas que las anteriores, que carecían de luces lanza destellos y de señales acústicas, pero para estos putos nuevos eso no impedía que fuéramos de aviso en aviso sorteando todo tipo de vicisitudes, eso sí, lo que usábamos era el claxon continuamente para avisar al resto de los usuarios de la vía. Eran motocicletas a las que se les dio una segunda utilidad, pues provenían de la Unidad de Medio Ambiente, y tras su reemplazo por otras más modernas, recayeron en nuestra Unidad. La que yo usaba era la 3814, siendo este el número que se le había otorgado como vehículo policial, y la que llevaba mi compañero era la 3815.

     

          El lunes de esa semana que os contaba, estábamos realizando un patrullaje preventivo por la zona del Encinar de los Reyes, lugar próximo a Valdebebas, y circulábamos por un sendero de tierra blanda con mucho polvo, rodeada de maleza, cargos, ortigas y algún que otro árbol silvestre. Yo seguía de cerca la rueda de la Yamaha XT de mi compañero cuando, de repente, frenó en seco al ver cómo en un árbol muy cercano había una liga para cazar pájaros. El problema fue que, paró tan en seco, que al accionar los frenos de mi moto deslicé varios metros sobre el terreno hasta que topé con la rueda trasera de mi compañero y me fui al suelo por el costado izquierdo, cayendo la moto sobre mí. La causa principal de esta caída fue que la rueda trasera en principio era de tacos, pero que con el continuo rodar sobre asfalto se había convertido en un slick tremendamente plano y resbaladizo. Mientras me encontraba tirado en el suelo con la moto encima, veo a mi compañero cómo se reía a carcajadas mientras yo no me podía levantar. Además, como había caído sobre unos cardos borriqueros, en ese instante yo creo que el compañero al ver mi cara ya decidió moverse y quitarme la moto de encima, y sin daño alguno me levanté, me sacudí el uniforme, me encendí un cigarrillo y nos reímos un rato comentando la caída.
 

 
      Al día siguiente, puesto que teníamos encargado ojear los alrededores del Parque Forestal de Valdebebas -que por aquel entonces estaba en obras-, decidimos ir por el Camino Arroyo de Valdebebas, zona en la que en esa época vivían en tres caravanas otras tantas familias de origen rumano, que subsistían recogiendo chatarra, y observamos un terraplén por el que teníamos que ascender. Al fondo se veía que los furtivos habían roto la valla del parque para poder entrar a cazar, pues al carecer de depredadores la abundancia de conejos, liebres y perdices era considerable. Decidimos subir con las motos por el terraplén, ya que no parecía tan difícil para estos dos putos nuevos, así que dispusimos que yo lo intentaría primero y mi compañero, en caso de necesitarlo, me empujaría o sujetaría la moto desde atrás. Metí primera y encaré la cuesta -no eran más que diez metros, eso sí, con mucha pendiente-, aceleré, solté embrague y allí fui decidido a superar el terraplén. La verdad es que yo creo que solo subí la mitad, porque el terreno estaba muy blando y la rueda trasera empezó a patinar en la tierra, arrojándola directamente al pecho y rostro de mi compañero, el cual, al ver que no subía, intentó ayudarme según habíamos previsto, pero viendo toda la tierra y barro que le lanzaba a la cara, me soltó, de manera que me fui hacia atrás cayendo por segundo día consecutivo. 
 

       Pero no quedó ahí la cosa, y no nos íbamos a rendir, así que me levanté, me limpié un poco y volví a subirme en la moto, encarando otra vez la cuesta decidido a superarla, metiendo de nuevo primera y dando más gas que en el primer intento. Conseguí subir un poco más que antes, y cuando volvió a patinar la rueda trasera, ya sabía que mi compañero no aguantaría mucho sujetándome desde atrás y volvería a dejarme caer, y así sucedió, y me fui otra vez al suelo. Me levanté, me sacudí el uniforme, comprobé que la moto no tenía daño alguno y vi como mi compañero se quitaba el barro de la cara, un barro que iba acompañado de algún excremento del poblado. Dadas las circunstancias, decidimos descartar un tercer intento y buscar otra alternativa. Después de ver todo aquello, me alegré de ser yo el que estuvo encima de la moto, pero nos reímos igualmente como en la caída del día anterior.    
 
 

       Pasaron días, aunque pocos, hasta la siguiente peripecia. El viernes de esa misma semana nos dan un aviso por malla de un M-4, clave que indica que hay una reyerta, y nos indican que la misma está ocurriendo en la calle Valdetorres de Jarama. Nosotros nos encontrábamos en la Avenida de San Luis, y para llegar más rápido decidimos atajar por una zona de parque y atravesar el puente de madera que cruza sobre la Gran Vía de Hortaleza, itinerario este que utilizábamos muy a menudo, puesto que se acortaba mucho el tiempo de respuesta, pero ese día no nos percatamos de una circunstancia, y es que no eran ni las nueve de la mañana y había caído rocío. Mi compañero me precedía y accedió al puente, momento en el que la ruedas, al entrar en contacto con la madera mojada, patinaron de manera que cayó instantáneamente, deslizándose -según mediciones posteriores del equipo de Atestados- unos 16 metros. Yo, que iba detrás, no lo vi caer, ya que existía un pequeño cambio de rasante que me lo impedía, pero mi caída fue igualmente inevitable, y nada más acceder al puente me fui al suelo, deslizándome ocho metros, según las mediciones oficiales, ya que me paró la moto de mi compañero, contra la que choqué. Esta fue la peor de las tres caídas, porque me clavé la pistola en la cadera y me dejó dolorido unos cuantos días, aunque pudo ser peor, ya que en la caída deslicé con la moto sobre mi pierna y las botas cumplieron su función protectora, salvándome el tobillo. Claro está que el M-4 no fue atendido por nosotros y que tuvimos que ser asistidos por los compañeros de Atestados y una ambulancia  que nos llevó a ambos a la Mutua. Una vez allí comentamos todo lo sucedido, y con el paso de los años hemos vuelto a comentarlo en alguna que otra ocasión.
 
 
 
      Poco después de aquello, un suceso propició que dejáramos de usar esas motos. Un compañero de promoción, Mario, sufrió un accidente con otra Yamaha XT que le causó la muerte. Su moto era la 3813, número anterior a la mía, y al saberlo sentí algo malo recorriéndome el cuerpo. Desgraciadamente, vi las fotos de Atestados de la zona en donde sucedió el accidente, y los compañeros de este departamento nos pidieron nuestra opinión sobre el fatal siniestro, y las razones por las que pensábamos había ocurrido. Aún recuerdo esas fotografías como si las estuviera viendo ahora mismo, y desde ese día dejamos de prestar servicio con las Yamaha, alegando que carecían de rotativos y de avisos acústicos. 
 
 

 

jueves, 25 de febrero de 2021

BENEMÉRITOS EN LA NIEBLA. Una sorprendente aparición

 



BENEMÉRITOS EN LA NIEBLA

Una sorprendente aparición

 

Por Fernando de la Cuadra  


      Esta aventura, por llamarla de algún modo, ocurrió en la primavera de 2009. Poco antes había estrenado mi flamante carnet de conducir A1, y como excusa de la crisis de los cuarenta, me había comprado una (para mí) maravillosa Kymco Venox de 250 CC. Bonita, muy bonita. Potente… eso ya menos. 26 caballitos para una dos y medio no están mal, el problema es que tenía que arrastrar a un tipo de 120 kg en canal, y eso ya… Los 120 los cogía, sí. A todo puño, oiga. Y las cuestas arriba…. eso ya es otra cosa. Con el viento de culo llegué a ponerla a 145 de marcador. Que ya sería menos, seguro. Por lo menos las multas en autovía no me preocupaban.

      
      En ese 2009 al que hago referencia, cambié de trabajo. Mejor dicho, me hicieron cambiar de trabajo. Me incorporé en una empresa situada en Ontinyent, y yo tele trabajaba desde Madrid. Pero muy frecuentemente iba hasta Ontinyent. Normalmente en tren, pero si el tiempo lo permitía, en moto. Eran 450 km en una 250… sí, lo hacía, y me encantaba. Cinco horas de puerta a puerta, contando cigarritos. Sin embargo, la meteorología es muy caprichosa. Demasiado. Un día, volviendo a Madrid con mi Venox, supe lo que era pasar miedo. Mi recorrido típico era la CV-40 (Ahora A-7) hasta la A-35. Cuando se acababa la A-35, enganchaba con la A-31. Y cuando se me volvía a acabar la A-31, la A-3 hasta Madrid.

 


 

      En la A-35, justo antes del puerto de Almansa hay un bar típico de carretera, con estación de servicio, en Font de la Figuera. Era mi primera parada de café y cigarro antes de llegar a otra paradita en Albacete. Sin embargo ese día la parada tuvo un componente curioso. Pegada a la ladera del puerto, había una nube que asustaba. Caía, desde la meseta, una densa niebla que parecía querer desafiarme para subir el puerto. El puerto no era gran cosa, 692 metros de altura oficialmente, partiendo desde unos 550 metros. 150 metros de altura de puerto no es el Tourmalet, por supuesto, pero en una 250 ya costaba. Y encima con niebla…


      Subí a la moto convencido de que sería una nubecilla, y que una vez llegara a Almansa, a 20 kilometrillos, todo cambiaría. Iluso de mí.
Una vez que empezaron las primeras rampas, la niebla se me echó encima. Había mucho menos de 100 metros de visibilidad, y empecé a asustarme. El velocímetro, que aguantaba los 90 subiendo el puerto, no conseguía pasar de 80. La estampa empezó a asustarme: sin mucha visibilidad, en una zona con niebla y yo a 80…. Los coches me adelantaban a sus 100/120, lo que significa entre 20 y 30 km/h de diferencia. Pensaba qué pasaría si a alguno no le daba tiempo a frenar. Evidentemente no tenía antiniebla. Así que me la inventé: apreté ligerísimamente el freno, de manera que no me retuviera demasiado pero se encendiera el piloto de freno. Mejoraba que me vieran, pero ¡ay!, la velocidad caía a 70.

 


      Creo que estaba más pendiente de los retrovisores que de la carretera por delante. Era un juego a tres bandas: frente, espejo derecho, espejo izquierdo y vuelta a empezar. Y por si fuera poco, la visera del casco empezaba a acusar los efectos de la niebla. Poco a poco la visión comenzaba a ser defectuosa, y sin un sitio decente para parar y limpiar. Y el arcén no era una posibilidad, y por si se me ocurría, la Venox no llevaba luces de emergencia. ¿Qué más podía pasar?


      Pues cuando crees que todo va mal, puede ir a peor, sí. De repente, veo por el retrovisor que se acercan dos motos. Pero no dos motos cualquiera. Dos motos de esas que llevan una luz azul. ¡Una pareja de la Guardia Civil! En ese instante (un par de segundos, como mucho), hice un rápido repaso de la situación. ¿Habré superado algún límite de velocidad? Lo dudo, cuesta arriba. ¿Llevo la documentación de la moto? Sí, siempre va en el bolsillo de la chaqueta. ¿Llevo el carnet de conducir? Eso espero... Por lo menos acabamos de coronar el puerto. Con lo cual, aunque ya pueda tirar al no haber cuesta, no quiero retorcer mucho la oreja, no veo bien.

 



      Mientras repasaba mi situación administrativa, me adelanta una de las motos. Claro, ya podréis, cabrones, con la burraca que lleváis. Poco a poco se aleja de mí, y veo que el otro miembro de la pareja no me adelanta y se queda detrás. No lo entiendo. El que me había adelantado veo que reduce la velocidad y se queda delante de mí. Perfecto, ahora me paran. Pero, chavales, ¿no véis que es peligroso? Pues no, no querían que me parara. El que iba delante me hace una señal con la mano para que tire. Miro por el retrovisor, y el que tengo detrás, me hace lo mismo. ¡Me van a escoltar! Ole, así se hace, señores. Puño a tope y a olvidarme de la carretera: allí donde vaya la lucecita azul, iré yo. Y si viene alguien, verá la lucecita azul del de detrás. 


      A la altura de Villar de Chinchilla, la niebla empezó a disiparse. Hasta que, de golpe, desapareció. En ese momento las dos motos aceleraron y se perdieron en la bajada a Albacete. Ya no pude más que darle un par de ráfagas como agradecimiento, y parar en el primer bar que encontré a tranquilizarme un poco. ¡Vaya sesenta kilómetros más intensos! Me senté en la terraza de un barecito de la carretera, y me pedí una coca cola. Según se iba la chica, le grité: ¡No! En vez de coca cola traeme un doble de cerveza. La cara de la camarera era curiosa: a las ocho y media de la mañana un tipo con la cara desencajada, repatingado en una silla de la terraza, pidiendo cerveza... Oiga, que bien me sentó.




jueves, 18 de febrero de 2021

45 AÑOS EN MOTO

 




45 AÑOS EN MOTO

Un reportaje de Julián García Camacho  

 

     Debía tener 9 ó 10 cuando, recorriendo los pirineos en el Seat 850 de mi padre, nos adelantó un grupo de motos, casi todas BMW de la época (1970), en lo que yo interpreté como una suerte de ballet cadencioso y extremadamente elegante.

       Veía aquella culebra de alma y metal serpenteando por las continuas curvas de una carretera estrecha, bordeada de vegetación, y a varias alturas, que permitía observar diferentes tramos desde cada posición que ocupabas. Y sentí una emoción que medio siglo más tarde aún perdura. Pegado a la ventanilla fija del Seat dos puertas, veía alejarse aquel grupo de motoristas, enfundados casi todos en cuero negro, repitiendo una y otra vez la danza de las curvas infinitas: a izquierda y derecha, a derecha e izquierda, una y otra vez... Y algo de aquella música visual debió de quedarse en mi alma de niño, porque desde que salió a producción y durante toda mi adolescencia, llevé en la cartera un cromo de la BMW R 90 S, con su pequeña cúpula deportiva, su pintura degradada y sus llantas de radios.

 

     Mirando aquella foto imaginaba grandes viajes por toda Europa, seguramente en buena compañía femenina, porque las hormonas corrían por mis venas como el aceite 2T por la admisión de las Bultaco y las Montesas hispanas de la época.

     Acababa de cumplir los quince cuando mi padre, conocedor de mi pasión por las motos, me dio una de las mayores alegrías de mi vida. Había encontrado una Ducati TT de 49 c.c. con la horquilla doblada, que vendían a muy buen precio, y decidió adquirirla, en contra del criterio de mi madre, que siempre temió el accidente que, afortunadamente, nunca ha ocurrido (dedos cruzados).

 


      Antes de la compra, se aseguró de que la horquilla doblada (única parte dañada por el golpe que el anterior propietario había sufrido), quedaría bien, sin riesgo de rotura, y me la regaló. En el pueblo solo había Mobylettes camperas, con alforjas de esparto para llevar cántaros o aperos de labranza, sin marchas, y Derbis Antorcha con tres, si te dedicabas a la construcción. 


 


      La mía tenía un cambio de cuatro relaciones y un diseño que nadie había visto jamás en aquella zona. Aquello debía ser motivo suficiente para ligar pero, sobre todo, me daría mis primera satisfacciones moteras recorriendo todos los caminos que había alrededor del pueblo. El motorcito de la Ducati me parecía capaz de llegar a todas partes. Sin embargo, como no tenía aún la edad legal para conducir ciclomotores (16 años), la orden paterna fue tajante: mientras no tengas permiso, no pises la carretera. Así que salía de casa de mi abuela por la calle del Capitán hacias las eras y desde allí enlazaba camino tras camino, hasta que se acababa la gasolina o me dolía el culo. Desde los 16 hasta los 18 fue mi compañera de aventuras, visitando los pueblos de alrededor e infinidad de parajes campestres.

      Pero a los 18 se me hizo pequeña de repente y empecé a necesitar una moto gorda. Llegó en forma de Montesa Comando, prácticamente igual que la legendaria Impala, pero con muchos problemas de carburación, al menos la unidad que pude conseguir, porque le había cambiado el carburador original por uno mayor, también de la marca Amal, pero que supuestamente le permitía desarrollar más potencia. Para mí tenía la suficiente. Aquello aceleraba como un rayo y me permitía llevar a mi chica de paquete con cierta comodidad. La incomodidad venía cuando algún amigo de su padre le decía que nos había visto en tal o cual pueblo a LOS DOS SOLOS (pecado imperdonable en aquellos tiempos).



       Digamos que la Montesa fue una moto de provincias, porque me permitió recorrer la de Ciudad Real y alguna de las limítrofes, aunque nunca llegué a realizar un viaje realmente importante con ella. Sí lo hice con mi siguiente montura, que también fue regalo de mi padre, a los 22 años, quizá por haber finalizado mis estudios universitarios con buenas notas: una Vespa 200 que mi progenitor esperaba fuese suficiente para mí, porque era cómoda, fiable, y TENÍA RUEDA DE REPUESTO, lo cual era muy valorado por él, que había tenido dos Vespas, una de ellas la legendaria 150 Sprint, en la que viajábamos mi padre, mi madre... y yo de pie entre las piernas de mi padre, agarrado al manillar. Tal cual. Eran otros tiempos, lógicamente, y se permitían esas cosas.

 

    




      Con la Vespa 200 cargada hasta los topes (tienda de campaña y sacos entre las piernas, bolso con la ropa y esterillas en el portaequipajes trasero, los zapatos y cosas más pesadas en el delantero, para equilibrar peso y que no se pusiera de manos al arrancar), sí hicimos viajes chulos. Los dos que mejor recuerdo, y tal vez los más largos, fueron un tour desde Ciudad Real por Segovia, Avila, Salamanca, Guadalupe, Cáceres, Mérida, Almendralejo y Córdoba. Y una bajada a la costa de Granada, concretamente a Salobreña y Castell de Ferro. Me sentía yo muy motero saludando a otros moteros de carretera que se cruzaban en cualquiera de mis sueños de entonces.

    



      Y en 1986 llegó mi primera BMW, una R 65 que diseñaron imitando aquellas legendarias clásicas que despertaron mi afición en aquel viaje de la infancia por los Pirineos. Sería bautizada como Viajera, por razones obvias, pero también porque así se llamaba popularmente a los autobuses de línea en Ciudad Real cuando yo era niño. Con el paso de los años (12 en total), fue rebautizada como Abuela Viajera, ya que alcanzó casi los 100.000 kilómetros, antes de ser reemplazada por la K 75 del amigo Carlos, a quien retiró del mundillo su señora, dejándome una joyita mimada con tan solo 32.000 kms. en el marcador. Con estas dos BMW he recorrido casi toda España, un buen trozo de Portugal y una pequeña incursión en Francia, amén de Mallorca e Ibiza, que son otro mundo.





      La primera Viajera nos había llevado a Estoril durante un precioso viaje en el que recorrimos Lisboa, Oporto y Coimbra, con casi todo lo que queda entre medias, regresando por La Bañeza, previo paso por Zamora, donde apenas estuvimos una hora, porque al día siguiente de visitar la Boca do Inferno, al lado de Cascais, tras una bonita caminata y algo más que debió ocurrir en el hotel, la que empezó en aquel preciso instante a ser la madre de mi hija Helena, se levantó con muchas ganas de tomar zumo de naranja y sardinas asadas... Cuando llegamos a casa de nuestros amigos en La Bañeza, mi hermana Susi respondió al ser preguntada si tenía sardinas: ¡Marian, tú estás preña! Y lo estaba. Así que el regreso a casa sería todo por autovía y con cuidado por si los vómitos.

      Cuando pensaba jubilarme con la venerable K 75, aislado ya en Mallorca, donde si haces más de 60 kilómetros en línea recta te caes al agua, llego un día al bar del Gordo Cabrón, un argentino chulo que maltrata a los clientes y aún así tiene siempre lleno su local, y me encuentro con Xisco, un harlysta que si pasa tres meses seguidos sin añadirle alguna cosa a su vetusto hierro americano empieza a indisponerse y tener mal cuerpo. Me pregunta si tendría inconveniente en pasar un anuncio de moto en venta a mis contactos moteros. La máquina es de un amigo suyo. Me pasa la foto y compruebo que se trata de la R 1200 RT, la moto que había deseado desde su creación, y que jamás pensé que podría tener, porque su precio resultaba estratosférico para mi economía. Y así se lo comento al amigo del vendedor.

      -La vende barata -me dice Xisco.

      -¿Cómo de barata?-pregunto.

      -Siete mil euros.  

      -¡Joder, siete mil euros! Eso es lo que me queda aún de la indemnización por despido. ¡Podría comprarla! ¿De qué año es?

      -De 2006, pero solo tiene seis mil kilómetros. La ha tenido seis años parada en un garaje.

     Los oídos empiezan a hacerme chiribitas y los ojos también, mientras miro y remiro la foto en el mensaje de whatsapp que me ha enviado Xisco.

      -Algo le pasará, ¿no?

      -Qué va, tiene prisa por venderla y comprarse un escúter de 400, y le cuesta eso.

      -Pues creo que no voy a pasarle la foto a mis contactos. 

 

    
      Y así fue, con el beneplácito entusiasmado de mi pareja, que decido hablar con el propietario. Me cuenta la historia, a falta de algún detalle, que básicamente se resume en lo siguiente: compró la moto en 2006, viviendo en Barcelona y le hizo casi todos los kilómetros allí. Tuvo una caída a baja velocidad que debió asustarlo y no volvió a usarla desde el 2008. Los desperfectos son ligeros arañazos en la parte alta del carenado izquierdo, en la tapa de balancines y la maleta trasera con la tapa levemente quebrada. La reparación de la maleta y pintura fueron 70 euros y con las defensas de cilindros de fibra, no se ven los arañazos.  

       La llevó a BMW para una revisión general, en la que cambian todos los aceites y comprueban su buen funcionamiento. Tiene pendiente el cambio gratuito a cargo de la casa de la bomba de la gasolina, que ha dado problemas en algunas unidades, y pasar la ITV, a donde la llevo yo, porque él prefiere no cogerla por si se cae. El largo tiempo en dique seco me obligó también a cambiarle las bobinas que terminaron fallando precisamente por falta de uso. Res més.

      Y así me veo con una moto ideal para mí, con la que ya he hecho casi 60.000 kilómetros a pesar de vivir en una isla y gracias a escapadas fantásticas a la Península, aprovechando viajes de trabajo o recorriendo rutas históricas con un puñado de buenos amigos. 

          


       Hasta aquí el recorrido sucinto por mi vida motera. En próximas entregas, si el administrador y creador del blog, que tan amablemente me ha invitado a participar en el mismo, lo tiene a bien, narraré alguno de mis últimos viajes, rodeado de nieve y a temperaturas bajo cero en plena llanura manchega, junto con otras vivencias tenidas durante todos estos años en compañía de máquinas a las que nuestra pasión por rodar con ellas, dota de un alma inmaterial que las fábricas, lógicamente, no pueden instalarles, ni de serie, ni como accesorio.


      Sa Pobla, 16 de febrero de 2021

 








EL 63 DE LA N-III. Hito kilométrico original de la Instrucción de Carreteras de 1939

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